Sobre mí
De querer ser médico a vivir de la tecnología
Durante años tuve clarísimo mi futuro: iba a ser médico. Bata blanca, estetoscopio, el paquete completo. Hasta que, a los 10 años, un curso de cómputo se cruzó en mi camino… y ganó.
Iba en 4º de primaria cuando empecé y lo terminé entrando a la secundaria: dos años que, sin exagerar, me cambiaron la jugada. Ahí conocí la programación, y no crean que era un cursito de «prende y apaga la compu»: arranqué dibujando diagramas de flujo en PowerPoint y terminé peleándome con lenguajes que hoy son piezas de museo, como Clipper 5 y Visual FoxPro, además del legendario FrontPage de Microsoft. Para un niño de esa edad era todo un reto, pero me enganché y no solté. El diagnóstico fue claro: lo mío no era la medicina, era la tecnología.
Cómo empecé
Ahora bien, una cosa es teclear por gusto desde niño y otra muy distinta es hacerlo en serio: con clientes, entregas y gente que depende de que las cosas salgan bien. Mi verdadero arranque en el mundo profesional fue en 2014, y lo tengo grabado en la memoria porque coincidió con otro gran estreno: el de ser papá. Estaba por nacer mi primer hijo. Me formé de forma autodidacta durante la Universidad, aprendiendo por mi cuenta y a mi ritmo lo que las aulas no alcanzaban a cubrir. Spoiler: la constancia le ganó al síndrome del impostor.
Mi «bautizo» en el mundo laboral
Mi primera experiencia «de verdad» llegó por una de esas oportunidades que no se ven todos los días: en la Universidad me seleccionaron para un programa que escogía a un solo candidato entre varias universidades para ganarse un puesto en una empresa. ¿El pequeño detalle? Gané la prueba en un lenguaje que ni siquiera conocía en ese momento: PHP. Lo aprendí a marchas forzadas con tal de no soltar el lugar.
El final no fue el del cuento de hadas: me prometieron un pago que jamás llegó. En su momento fue frustrante, sobre todo con un bebé en camino. Pero con los años le encontré el lado bueno: mi paga fue el conocimiento. Ahí entendí de verdad lo que es vivir un proyecto de principio a fin, y me llevé una lección que no se me ha olvidado ni una sola vez desde entonces: sin un acuerdo firmado que lo respalde, no hay trato. Hoy lo llamo, con cariño, mi bautizo en el mundo laboral.
Del escritorio al mundo remoto
En 2020 el mundo entero se puso de cabeza y, mientras muchos descubrían que se podía trabajar en pijama, yo daba mi salto definitivo al trabajo remoto. Lejos de frenarme, me abrió las puertas a colaborar con empresas fuera del país. Pero esa parte de la historia la cuento con calma en mi experiencia.
Qué me distingue
Con los años desarrollé algo poco común: la capacidad de moverme entre dos mundos que casi nunca se hablan. Por un lado, el desarrollo técnico serio. Por el otro, la visión de negocio y el growth: entender qué mueve la aguja, qué le importa al cliente y cómo la tecnología genera valor real, no solo funcionalidades. Esa combinación me ha llevado a colaborar con clientes muy distintos entre sí: desde marcas reconocidas como Domino's Pizza hasta el sector gubernamental, tanto a nivel municipal (H. Ayuntamiento de Jáltipan) como federal (INFOTEC), y empresas del extranjero.
Y no, no me quedé toda la vida en una sola tecnología, me aburriría. Empecé en el desarrollo web, salté al desarrollo móvil híbrido y, con el tiempo, terminé también del otro lado de la mesa, en roles directivos, incluida la silla de CTO. ¿La ventaja? Que hablo los dos idiomas: el de quien construye y el de quien decide. Y cuando esos dos mundos se entienden, se evitan muchos dolores de cabeza (y varias juntas eternas).
Lo personal
Fuera del trabajo, mi único motor es mi familia. Y si el código es mi cancha, el gym es mi terapia: mi ratito para desconectar, recargar y no perder la cordura. Me gusta mantenerme activo, y con el tiempo ese hábito se volvió cosa de familia: mi esposa entrena conmigo, mi hijo apenas se está sumando al equipo y mi hija, todavía muy pequeña para el gym, ya encontró su propia versión haciendo yoga en la sala. Algo estaremos haciendo bien.
Y aunque suene a frase de playera motivacional, el gym me enseñó algo que aplico en todo lo demás: los resultados no llegan de un día para otro, sino de presentarse aunque no traigas ganas. Esa constancia terca es la misma que saco cuando un proyecto se pone cuesta arriba.
Ser papá también me cambió el chip. Dejé de trabajar solo por trabajar y empecé a hacerlo con un porqué muy claro: darles a los míos algo mejor y, de paso, que mis hijos me vean disfrutar lo que hago.
Y para bajar revoluciones, soy muy de películas (me clavo con casi cualquier género) y de música a todas horas: mientras programo casi siempre traigo algo sonando, del estilo que sea. Medio melómano, para qué les miento. Entre la familia, el gym, una buena peli y una buena playlist, se me arma el balance perfecto.